Más se perdió en Cuba

A mi bisabuelo lo mataron. Un brazo y una manga de camisa hecha jirones es lo único que le quedó de él a Aurora, su mujer.

Trato de masticar esta sentencia de muerte desde que conocí su historia, un relato que comencé por el trágico final, como una película que te despedazan antes de que hayas podido pagar por verla. 

Claudio nació en 1888, ocho años después del turrón más caro del mundo y diez antes de la firma de la independencia cubana que supuso el fin del imperialismo español y nos dejó de herencia aquella frase que venía a traer consuelo:

Más se perdió en Cuba.

En el año 1906, cuando mi bisabuelo contaba con apenas 18 años, su madre decidió llevarse a sus hijos desde Pontevedra hasta Cuba, en una travesía en barco que se alargó durante 13 días.

Una vez allí, cada cual se buscó la vida como pudo y él, a muy temprana edad, aprendió el oficio de carpintero. Por aquel entonces, los emigrantes surcaban el océano Atlántico en sentido opuesto al de hoy en día. Tenían que hacerse un nombre aquellos gallegos que iban por el mundo en busca de una vida que no fuese tan miserable, escapando de la hambruna y las guerras que dejaban atrás, las pandemias de otro siglo en el que nunca vivimos.

A Claudio le gustaba bailar. Y fue así, como sucedía en esa época en la que los bailes unían a las parejas, la forma en la que conoció a su futura mujer. Aurora, originaria de Lugo, era otra gallega hija de la emigración. Las inquietudes artísticas de ambos les empujaron a fundar en 1919 la Sociedad Artística Gallega, una entidad para rendir tributo cultural a sus raíces y que terminó por hacerse nombre en La Habana.

Claudio y Aurora se casaron un tiempo más tarde. Se mudaron a una casa donde les gustaba tener las ventanas abiertas, en la calle Campanario, mientras escuchaban, tal vez, música de un moderno tocadiscos. Por las tardes bajaban al famoso malecón de la ciudad a pasear y recordar con morriña otras puestas de sol diferentes. Aurora, ataviada con una falda que le cubría las rodillas, y Claudio, con chaleco y boina. Podrían ser los protagonistas de una película romántica y feliz, mientras caminaban al lado del mar agarrados de la mano y él le confesaba a ella:

Me encantaría tener una hija contigo, Aurora.

Sin embargo, los momentos de alegría acostumbraban a ser limitados. Cuba vivía tiempos políticos muy convulsos desde que el liberal Gerardo Machado asumió el cargo de presidente en 1925. Fue en el mismo año de fundación del Partido Comunista, al que mi bisabuelo se había afiliado y para el que participaba de forma activa en diversas protestas. Aurora no le disuadía, pero sí tenía ciertos recelos:

Esto nos va a costar un disgusto, Claudio.

No pasó demasiado tiempo antes de que los presagios de Aurora se cumpliesen, mientras el activismo de Claudio frente al liberalismo se ponía de manifiesto en forma de actos cada vez más rebeldes. 

En Enero de 1928, cuando Aurora estaba a punto de salir de cuentas, Claudio se fue una noche con unos compañeros del partido a pegar carteles que lanzaban protestas y ofensivas al gobierno. Aquellos carteles mostraban la imagen de Machado como un perro adiestrado, llevando una correa manejada por el famoso Tío Sam, representante del imperialismo americano y los dólares yanquis que buscaban comprar y controlar Cuba.

Todos fueron arrestados, acusados de atentar contra la figura del presidente, y desde aquella noche Aurora le perdió la pista a Claudio. Él fue trasladado, detenido y torturado en busca de una confesión que a los policías les pareciese convincente. Aquella confesión nunca llegó porque los comunistas tenían que ser callados al precio que fuese necesario. A mi bisabuelo y a uno de sus compañeros los arrastraron hasta unas cuadras cercanas al cuartel y allí, a puros golpes, acabaron con ellos.

Unos se iban y otros venían. Cinco días más tarde Aurora daba a luz en soledad, y mientras el cadáver de su marido era arrojado al mar atado con un lingote de hierro, florecía mi abuela Rosa.

Un mes y medio se pasó Aurora llorando la desaparición de su marido con una recién nacida en brazos. Preguntó a compañeros del partido de Claudio, pero los que habían sido liberados coincidían en haberlo visto por última vez en el cuartel, todavía con vida.

No fue hasta marzo que saltó la alarma, cuando un pescador que había capturado un tiburón se encontró al abrirlo con un gato muerto y un brazo humano. El destino quiso que fuese en la conocida como playa Cuba. Aurora identificó a Claudio por los harapos desgarrados de tela que habían pertenecido a su camisa y un gemelo, aquel gemelo que ella le había regalado, que todavía seguía prendido en el ojal.

Desgarrada por un inmenso dolor, como el brazo despedazado por la mandíbula del escualo, Aurora fue detenida pistola en mano, tratando de asesinar a Machado.

– Yo estaba destrozada… y era una mujer de armas tomar – bromeaba Aurora, ya de mayor, sobre sí misma.

Esa acción le costó la expulsión del país, llevándola de regreso a su Lugo natal. Allí fue donde creció mi abuela con nombre de flor, que años más tarde conoció a su marido también en un baile, a este lado del Atlántico. Bailes de la vida que, como a su madre, la llevaron a dar con el amor de alguien a quien, curiosamente, llamaban El Bailón. Mis abuelos se asentaron en Ourense, donde nací yo.

La flor Rosa se marchitó de viejita en A Coruña, cerrando un recorrido familiar por todas las provincias gallegas. Nunca escuché a otra persona que no fuese mi abuela decir esta frase con el corazón en un puño, aquel que su padre alzaba en defensa del comunismo:

Pues sí, más se perdió en Cuba.